lunes, 7 de agosto de 2017

Page 55.


A las manos les falta la espalda, al olfato ese olor, al riñón el licor, al colchón los cuerpos y así consecutivamente. Hasta que se pierden las letras y la mediocridad de pronto es una destreza, a todos nos enseñaron a asentir con la cabeza.

El capitalismo arrasa con el libro que no podés terminar de leer.

Los días pasan y te quedás en la página 55, entonces todo explota y estás ahí, en la misma frase retórica, odiando al mismo personaje, buscando finales, encuentros, desconciertos. Buscándola a ella en un laberinto lleno de serpientes y silencios.

La vida camina, te levantás, vas a orinar a las dos de la mañana, te ves las ojeras en el espejo.
Te precipitás y te tomás un trago del vino que tenés abierto hace un mes, tu habitación es una nube de humo y la constelación de tu cama ya no descifra a Saturno, ni a tu forma tan extraña de querer.

Te volvés a dormir.

Te despertás y sos lo que sos, con todo y ojos rojos, con todo y rencor, con todo y el exceso de consternación.

Te califican por competencias y sin practicar, con shots de dignidad, aprendés a hablar. Lo explicás todo tan minuciosamente, que quieren invertir nueve horas, en el mismo lugar, con vos. Pero tenés atorado entre pecho y espalda el repertorio de palabras que nunca pudiste articular. Terminás la última llamada y te vas. Te querés extinguir. Fumás.

Nunca fuiste valiente. Se te dificultan las tormentas. Te vas antes de tiempo. Sos un ser tan efímero como perpetuo. Te duele por todas partes, pero te repetís de camino al laburo, que todo irá bien. Ya qué.

Encendés tu dispositivo electrónico favorito, escuchás a Yann Tiersen y te ponés a escribir cosas como ésta, que solamente vos entendés. Te la pasás inmortalizando gente muerta. Nunca sabés servirte la medida exacta de Fernet.

 

Los días pasan y seguís en la página 55, te desesperás, no le hablás a nadie. Sos la delgada e ineficiente línea entre el arte y el desastre.

 

Un día cualquiera, te pensás muy fuerte. Cambiás de libro y aunque se te rompe el corazón, no hay cuerpo que aguante no pedir un deseo en la página 55.

 

Dejás de leer, no volvés a escribir. De vez en cuando sos feliz.

 

Tu habitación nuevamente es una nube de humo, te perdonás.

 

Volvés a huir. Te arrinconás.

 

Te consolás con tres frases de Bukowski y te empoderás.

 

Te vas. Para siempre, te vas. 


viernes, 12 de mayo de 2017

Bogotá






A Bogotá le faltan un par de buenos parpadeos para abrir bien los ojos, se cruza de piernas y llora todo el tiempo. No me aturde, yo me uno al desconsuelo.

Su agridulce textura y sus grises en exceso, enamoran a cualquiera que cante con menos intensidad cualquier acento.

Bogotá se pasea colonial y desalmada, con sus Dalí originales y sus desayunos de Botero por La Candelaria.

A veces la veo triste, sin embargo, cada primero de mayo se defiende, Bogotá marcha por su libertad, aunque sus avenidas estén llenas de seguridad social impertinente.

Bogotá se rasca los ojos frente al sistema y amanece sintiendo que cualquier cosa vale la pena.

Explota, pero ya no explota entre bombas y violencia. Explota entre libros, música de fiesta y un Juan Valdez por la Carrera Séptima.

Larga, oscura, desvalorada, con sus abrigos lujosos y sus pantalones rotos, Bogotá es cómplice y víctima de cualquier antojo.

Bogotá tiembla de los nervios y pide una Club Colombia para empezar, prefiere caminar de la mano y soñar, Bogotá no deja de soñar.

Siempre aperezada le abre su corazón a cualquiera y luego desfallece otra vez, casi siempre cerca de las tres.

Bogotá, con su otoño que parece invierno veteado con primavera. Me anima a convertirme, me da una cachetada y me obliga a redimirme.

Me da un beso cerca de los labios y me guiñe, porque esto está empezando y yo, como Bogotá, también quise morirme. 


miércoles, 8 de febrero de 2017

La herida


Soy la herida, de pies a cabeza. La herida que merienda tormentas y aprende a vivir sin poder ser, sin perderse y desaparecer.

Soy la herida en almíbar, soy la musa de mujeres que escriben de vez en mes.

Soy la herida que recién duchada reparte besos, versos que saben a whisky y a placer.

Soy la herida muriendo a carcajadas, soy un buen chiste con un triste ayer.

Soy mis musas, llorando en un rincón, soy el mejor de sus amores transformado en destiempo y desacierto.

Soy la herida capitalizada y bohemia, que transforma caderas en poemas, que se inventa sobrenombres sin destreza. La herida que se empeña en calzar nueve horas al día, a veces diez. 

Soy la herida, también soy tu sonrisa, esa sonrisa tuya, con la boca entreabierta y esos ojos de querer.

Soy la herida, también soy la nostalgia que te corre por las venas. Tu mala mujer. Tu menester.

Soy la herida, también soy el bolero de tus sueños, sueños satanizados, sin embargo, recurrentes.

Soy la herida, pero también soy abril, también soy una cancioncita mexicana y una cerveza colombiana.

Soy la herida, en tu boca, soy maldad con sutileza, un champagne francés que cayó por el balcón de tu inocencia.

Soy L'enfant terrible, soy el maridaje, soy lo que querás, la herida no deja de doler. 


sábado, 10 de diciembre de 2016

Goteras


Parte IV


Abra una caja de vino barato, asuma su derrota, desee descontroladamente su lengua en la mandíbula de esa mujer. 

Tome un trago y busque comodidad. La reconstrucción está a punto de empezar.

Enrole un porro, ponga una canción triste y escúchela por los próximos seis meses, hasta que no le provoque llanto. Evite leer un Best Seller, evite BBC, deje la escalinata de lado. 

Caiga en coma, sea un recoveco.

Conozca mujeres, levánteles la falda, beba, finja que logra existir. Al final de la noche puede llegar a su cama a ser infame y febril. Infeliz.

No le cuente a nadie, llore en silencio, delire, usted tiene derecho a soñar  que repentinamente, va a llegar. Sea parte del suelo, déjese morir.

Dúchese repetidas veces, con manzanilla, con whisky, con sal, piense que de pronto, en algún momento, el olor de esa bendita carne, cesará. Aunque usted desee lo contrario.

Caliente dos litros de vino, con naranja y canela, tome hasta perder noción de cielo, tiempo y tierra. Camine por ciudades desconocidas. Ría con y de los demás. 

Evite las ayudas clandestinas. Pague cenas caras, compre shots para toda la cantina.

Revuelva su dignidad con insalubridad.

Llore luego de un orgasmo, lea, ódiese, subraye. Háblele bonito a cualquiera, reparta besos con sabor a incierto, a mentol.

Compare su historia con la de los demás, brinde consejos, lloré una vez más.

Ella se fue, ella, aparentemente, no volverá. 


miércoles, 30 de noviembre de 2016

Goteras


Parte III

Nunca voy a ser la que cante “es un buen tipo mi viejo…”

Con las palabras se me fue el pigmento, perdí a mi primer amigo aproximadamente a los ocho años, y al menos dos veces al año, se me pasan por la cabeza, todos esos episodios borrosos, esa infancia con dolores auditivos y comparaciones sin certeza.

Mi primer amigo, me enseñó a cruzar el pasamanos y a encestar, sin importar que tan altos estuvieran los aros de mi realidad. Me enseñó la cantidad de perfume perfecto que debo usar y en alguna recaída, a remojar el habano en coñac.

También me enseñó que la vida de juego no es juego y que hasta el amor más sincero puede ser carnicero.

Dicen que caminamos igual, pero, somos caminos diferentes. Y yo le deseo la suerte, la que casi nunca merece.

Nunca le había pensando con resignación, pero acabo de llegar a una edad en la que es demasiado difícil soñar.

Olvidé mi apellido y perfeccioné su andar, me tomo mis tragos sin traicionar y camino sin culpas por cualquier ciudad.

Soy un instante, un desprendimiento emocional constante, pero sé mantener las copas servidas y he ido conociendo el secreto para recuperarme.

Las horas pasaron, los años transcurrieron. Y con todo respeto, no, no es un buen tipo mi viejo.  

martes, 2 de agosto de 2016

Borrador 1


"Y en las multitudes, la mujer que yo amo."


Yo quisiera hablarte de todos los versos que he contado, de mis mentores, de mis clases de literatura a las que nunca he ido. 

Quisiera levantarme en las mañanas, caminando por casa, diciéndote que el sistema no nos interesa, porque tenemos mis letras, los libros y tus bragas.

Yo quisiera decirte que quiero medirlo todo en métrica, pero, sería mentirte, yo escupo letras que no calzan en concursos de poesía. También quisiera hablarte de mis amigos, pero más de la mitad ahora son traidores.

Quisiera detenerme en casa de tu madre y decirle que estamos bien, que vivimos soñando, que no tengo ojos para nadie más, que la vida marcha porque vivimos de marcha, que nos amamos porque el arte y el vino nunca faltan.

Yo quisiera decir tu nombre en voz alta como si fuera la cura para el cáncer, caminar detrás tuyo, no para que pensés que sigo tus pasos, porque lo que sigo, son tus caderas.

Quisiera apasionarme lo suficiente para tener valor, pero no puedo apagar la lamparita, estoy asustada, esta sociedad es un panteón. 

Quisiera decirte que todo estará bien, pero el calendario y el reloj me dicen lo contrario. Y yo a vos no te puedo mentir. Yo a vos te amo. 

domingo, 24 de julio de 2016

A una de las musas de Woody Allen.




Sentí el luto en la espalda antes de entrar a la sala de cine, y es que cuando vos pensás en Woody pensás en cosas raras intelectualmente, tan retorcidas como vos y yo. Cuando entrás a ver a Tarantino, la sangre empieza a correr desde que comprás las entradas. Y claramente, si entrás a ver a Pedro, las brisas del desconsuelo fluyen inadvertidas.

Yo soy Julieta cuando cruza la calle, escasamente deseo que alguien me espere del otro lado, porque guapa, el precio de lo que se vive con otra persona, es demasiado alto, ya no me quedan hormonas ni neuronas para otro desastre. Es por eso que te digo, no puedo escribir.

Necesito nuevamente desbordarme, construirme, morderme, emborracharme. Yo necesito derrapar una vez al mes. Luego de eso, exploto en carne, relajo e insensatez y viene el arte. Si es que se le puede llamar arte a mi involución terrestre.

A veces siento que nos conocimos en una de esas salitas de cine clandestinas, ya sabrás vos los sitios en donde hay que meterse para ver cine de verdad, con habanos a merced y una de esas Guinness que ahora son tan vos cuando voy a cualquier bar.

Yo soy de callejones oscuros después de diez cervezas, yo soy de vestidos levantados, la de sabor a alquitrán, la de ojos rojos y voz de camaleón. La que en todos sus formatos sabe claramente que prefiere un whisky a una iglesia, la que no tiene respeto ni certeza.

Dios te quitó la tolerancia para darte esos ojos. Dios te quitó la accesibilidad para darte esos labios. Sos tan dichosa. Yo no sé quién es dios, Dios, qué sé yo. Dejé de hablar en mayúsculas la última vez que me rompieron el corazón.

Volvamos a Julieta. A veces creo estar muerta. Muchas veces, huyo inconsecuente. Pero de pronto venís vos a decirme “enfant terrible”, con tus misterios de antaño y tu talento fotográfico que desconozco, a patearme las entrañas para que escriba. Yo dejo el trago y me siento a escribirte una carta con un buen cover de fondo. Es entonces, cuando mi muerte tiene sentido.

Y tenés razón, no puedo ser tan vaga, tengo que escribir al menos una frase diaria. Tengo que arrancarle letras a lo que sea, ya luego vendrán los tiempos de verbena, ya luego vendrán las noches de seda que me envíen directo a la mierda.

Y espero impaciente por tenerte en una mesita al aire libre, tomando tanto John hasta terminar llamándole Jack, o viceversa.

Ha sido un placer encontrarte en tiempos de austeridad artística, necesitamos recuperar los escritos en los cuales se pueda reír o llorar en paz, por el momento, recuperamos a Pedro.

Gracias por los siniestros. Hasta luego.