sábado, 30 de noviembre de 2013

Erase/Rewind



La retórica discreta.
Sus manos sujetándose de lo que sea, mientras mi espalda la suda sin clemencia.
La respuesta de esa pregunta que nadie sabe formularse.
Un vicio, una vida, unas caderas.
Un instante, una letal abstinencia.
Una maraña de sentimientos y unas cuantas trincheras.
Decenas de madrugadas interminables, bajo la luna, siempre llena.
Un “para siempre” acompañado de un “nunca más”.
Un esfuerzo abismal por no sentir nada adicional.
Es cierto, los errores se cometen mejor en la oscuridad.
No, no es cierto, verse fijamente a los ojos aumenta la terrible intensidad.
Un choque de placas, nada temporal.
Una mujer herida.
Una mujer sin Dios.
Y la mujer exquisita, con la que nunca soñó.
Vuelos suicidas equipados de eternidad.
Ambigüedades recurrentes.
Desembocaduras, valles, vertientes.
Sus labios y mis tridentes.
La satisfacción intransigente.
La desolación, el futuro se convierte.
La soledad, siempre hay alguien que no habla.
El aparentar, siempre hay alguien que habla de más.
Y se nos acaban los sueños, pero solamente para soñarnos más. 

jueves, 31 de octubre de 2013

Cold coffee in the morning.



“But dreams come slow and they go so fast

Me tomé mi primer café justo antes de las siete de la mañana, llevaba conmigo unas manos vacías y una cantidad de pensamientos macabra. De pronto te veo cambiando un poemario por una frase llena de horrores ortográficos y conformidad. De pronto te veo cambiándome por lo que sea, en cualquier lugar.

El segundo café lo acompañé con el profesionalismo que se invierte en la desolación, ya sin querer respuestas, ya sin sentir interés de quién quiere y quién no. Ya sin las emociones recurrentes,  y estoy segura de que ya no tiene nada de malo retorcerse en los años para saber que se sobrevive aunque se muera de cansancio.

He fingido todo el día, nunca tanto como vos, pero también sé amarrar la realidad en cualquier lugar para salir a bailar en contra de la soledad.

Normalmente cuando son las cinco de la mañana y la vida no camina, te recuerdo apagando el despertador con los ojos cerrados, en esas mañanas en las que vos y yo simplemente nos centrábamos en eso, en dos, y que todo lo demás se fuera al carajo. En los besos sin prisa y en mi rabieta en contra del reloj. El taxi siempre esperando y vos reteniéndome hasta el cansancio.

Hace días quiero escribirte, sin embargo, mis letras son un fantoche maquillado de pensamientos desenvueltos. Hace días quiero escribirte flaca, pero me dijeron que era cuestión de tiempo, que las palabras iban a fluir y mientras tanto yo me siento, me sirvo un whiskey y me condenso.

Los días son ambiguos, prefiero estar enojada, pero cuando cae la tarde y camino por los pasillos de este edificio, desearía que la gente viera normales mis ojos llorosos paseándose sin titubear.

Prefiero estar decepcionada, pero cuando llega el domingo, cuando la fiesta pasa, cuando la resaca ataca, yo deseo estar en la cama, en medio de salsa ranch, refresco de naranja y esa risa tuya tan sin igual.

Todavía tengo los libros de poesía en mi mesita, esos que leía hasta que te fueras quedando dormida en la madrugada, todavía tengo una lista interminable de canciones para vos, todavía quiero aprender a leer uno que otro guion, todavía tengo y el tiempo de nuevo me ahogó.

No debería hablar de esto, yo no debí permitirme flaquear, pero hay demasiada debilidad, yo soy la mejor de tus venganzas en contra de quienes te hicieron mal pagar, vos sos ese tormento que nos tira al suelo y huye al no sabernos levantar.

No debería hablarte de realidades pero aquí no se te ha dejado de extrañar y estar molesta me hace sufrir una fracción adicional.

Por el momento me despido, he aprendido a disfrutar mi mirada triste y mi ceño fruncido. He aprendido a quedarme sola y sufrirte en paz, no tengo prisa, por tu parte no te vas a decepcionar, soy la misma mujer y hasta creo que ahora valgo un poco más.


martes, 17 de septiembre de 2013

Ron doble, por favor.


"Funny you're the broken one but I'm the only one who needed saving"


A veces me pedías que escribiera, mi negativa solamente apuntaba a que contigo se me iban las palabras, la insatisfacción completa.

Mirarte dormida en las mañanas y de espalda me dejaba en deuda con la magnificencia, pero pensé que no era necesario decírtelo reiteradas veces, te juro que creí suficiente la caricia matutina y el cansancio post remanso.

Casi nunca tenía respuestas verbales, pero cómo no cambiar el gesto si te parabas de puntillas para abrazarme, pero cómo no sonreír si te paseabas por mi rostro con las yemas de tus dedos para acariciarme, cómo no querer una noche adicional si tu risa ronca me volvía loca y me hacía desear cada desvelo, cada uno de esos instantes en los que analizábamos nuestros propios movimientos.

Solamente nos estorbaba la ropa y el reloj, nos bastaba con unas cuantas risas y una conversación extensa, hablando en susurros para que no nos escucharan las gentes indiscretas, bajo una manta alumbrada por la noche y la complicidad arrabalera. Bajo la sobrecama todo sabía mejor, incluyendo nuestro intempestivo amor.

El día se nos iba a bocanadas y yo no cambiaba tu cintura arremangada por nada, el domingo pasó de ser un suicida irracional a ser celestial, necesario, infalible. Las madrugadas eran más que madrugadas y tú eras real, casi sublime.

Yo nunca supe decirte que no me cambiaba por nadie, que mi sonrisa era irremplazable y que aunque no tenía certeza absoluta de nuestro norte había aprendido a calentarte la sangre.

Casi siempre pedía ron doble para sentir que al final de la noche podría hablarte y decirte que de verdad, no me cambiaba por nadie, ahora pido ron doble solamente para encontrar el easy way y a veces igualarte. 

Yo te quería hasta en el peor de tus días, hasta en esos instantes en los que todo era una completa mierda y no quedaba más que comprender que nos habíamos condenado a querernos más de la cuenta. 

Yo te quería en todo momento, incluyendo la intransigencia de tus decisiones, por lo cual podría decir, que aún te quiero. Por lo cual podría decir que tengo algo entre garganta y pecho que lleva tu nombre, que lleva mi silencio, que lleva esta melancolía de sentirte lejos. 

martes, 27 de agosto de 2013

Medicine


Sé sufrir y cocinar.

Nunca puedo dormir antes de la media noche, la vida es un zumbido y yo estoy llena de derroches.

Nunca logro despertar después de las seis, los vuelos suicidas tienen primicias y yo casi siempre me la paso de irracional, creyendo que puedo tocar el cielo con sólo mirar.

Sé amar y leer en voz alta.

No me da miedo declamar que vivo para sentir a infierno abierto, sin embargo, los golpes ya son cientos, las letras un tormento y los recuerdos una leve sensación entre paraísos traicioneros.

Sé esperar y desesperar.

A la medida de lo posible soy la puerta de la plena libertad, puedo dar en un brindis lo que doy en un sujetar de mano, puedo dar en una noche lo que nadie ha dado en años. A eso no le llamo ser indispensable, le llamo ser inolvidable y como le ha dolido a mis romances baratos.

Sé envolver y desprender.

Cuando menos lo espero rompo en llanto. Cuando la noche es larga y he saboteado mis lágrimas entre sonrisas, cuando despierto en camas en las que no está quien quiero que esté, cuando miro unos ojos que no me generan ningún tipo de dicha fundamental. Cuando la vida viene, a avisarme que se va. 

Sé detenerme y resurgir.

Le tengo miedo a todo, sin embargo, hoy no le tengo miedo a lo que fui, porque en determinado momento mi pureza se confundió con el cemento, porque alguna pieza del rompecabezas me saturó de tormentos. Porque la vida quita pero pone y a veces cuando me pone a mí en algún lugar, la magia fluye y se siente algo adicional.

Finito o infinito, la memoria no falla en vano, falla cuando le conviene colapsar, cuando no busca poseer el recuento de un fracaso trascendental. 


lunes, 26 de agosto de 2013

Fair enough


Como si mis derroches le maltrataran la nostalgia. 

Como si mis besos se fundieran en su espalda.

Como si el cosmos colapsara infame ante el gemido errante de la madrugada.

Como si se evaporara entre mis manos, abstracta y contraída, solicitando siempre una caricia.

Como si fuera la noche y el día en el que nos ganó la cobardía.

Como si me sujetara mientras me marcho yo también.

Y me tiró a los brazos de quien fuera, para que entendiera que la incompletitud existía en cualquier rincón del planeta.

Y jugó con sus instintos para envolverse en llanto, tan escasa de heroísmo, tan envenenada entre cansancio.

Porque vivimos como penitencia una trinchera de caricias y madrugadas perdidas.

Porque aprendimos que dormir era un adicional, si era que nos permitíamos consumir la realidad, entre piel, caos y complicidad.

Porque la vida caminaba mientras nos estancábamos en contradicción, hallando de pronto el gusto del sinsabor, dándonos de forma acelerada el corazón, saboteando completamente a la desolación.

La alegría se manifestaba y sus espasmos se instalaban en nuestra jornada.

Nada que decir cuando la sobriedad no es parte de la cotidianidad. Nada que decir cuando busco carcajearme con la calle sin salida que construimos tan bien y sin flaquear.

Nada que agregar, la ambigüedad rebota en el placard, la verdad levita insatisfecha y al calendario se le ahogan las fechas.

Guardamos el más letal de los secretos, nos derretimos como relojes indiscretos.

Nos dañamos sin consentimiento, para acabar precisando lo perpetuo. Para acabar en el mismo punto insatisfecho, en el que la fragilidad pasaba del sudor a los trayectos incompletos. 


miércoles, 7 de agosto de 2013

Había una vez


No todos los cuentos inician de la misma forma.

Los instantes sobran y me esperan, bajo la luz de una luna que ya yo había visto con ella. Los envolvimientos no planeados, el “rush” del momento, la incansable ira y estos escapes que emprendo sin previo aviso al más allá, o en todo caso al más acá de mis adentros.

Soy eternamente fugaz, debiste saberlo. Debiste analizarlo antes de pedirme una noche adicional. Soy eterna y debiste detenerte justamente cuando los besos en los párpados se hicieron presentes. Soy fugaz y no tuviste el valor para expulsarme veinticuatro horas después, y yo, yo también debí repelerte, hacerlo “bien”.

No todos los cuentos empiezan con el “había una vez”, este cuento inició con tratos y juramentos incumplidos, con tus manos irrumpiendo en mis sentidos, cuando todo se hacía suave y despacio, yo era fugaz y de pronto me tenías eterna bajo unas sábanas que nos desprendían siempre del remanso,  al compás de un contrabando de emociones sacrificadas ante la madrugada y el fracaso.

No todos los cuentos empiezan con el “había una vez”, este se manifestó intransigente ante miles de dudas que se ahogaban al mirarme fijamente, mientras te acariciaba el cabello y te despojaba de las prendas del desconsuelo, de esos momentos en los que encantarte iba más allá de buscar atarme o retenerme, sofocarme.

No hay dios que nos salve, no hay reloj de arena que nos regrese a abril, no hay amnesia recurrente que se nos cuele por las venas para que la galaxia se resista. No hay fuerzas infrahumanas que nos expliquen paso a paso como huir, como decirnos “adiós, adiós, partí”.

Los cuentos no rematan con un “final feliz”, no necesariamente. Este no finaliza, únicamente busca derecha o izquierda, blanco o negro, norte o sur, este u oeste, decir o no decir, sentir o no sentir, darse la espalda o mirarse sin fingir.

Solamente queda la vergüenza incandescente que provoca desistir, porque a final de cuentas no eres tan avara, porque a final de cuentas no soy tan descifrable. Porque es mejor echarle agua a todo lo que arde y buscar culpables.

Porque queda la pena de saber que no se ha hecho más que agregar elementos adicionales, para que no queme tanto la ironía. Para que yo me despierte tranquila-intranquila, para que a ti se te acumulen las colillas.

Porque simple y sencillamente mi vida, se acaba otro día, así a como se extinguen las caricias, así a como fulminamos la risas. Así a como nos creímos inmortales inalterables abarrotadas de ambigüedad. Así a como algo se queda, hay algo inexorable, que se va. 

miércoles, 24 de julio de 2013

Mirror

Es como hablar conmigo misma, con la misma retórica y la misma  dosis de veneno entre la espalda, el pecho y el desvelo.

Es como quererme, con mis mismos arrebatos de desprendimiento y de candor, con esa insatisfacción que seguidamente se convierte en la clara purificación de la contradicción.

Es como abrazarme, rechazando el calor, añorando aunque me muestre infame ante la dosis de furor.  

Es como caminar con mis pies, buscando siempre el campo minado, siendo incrédula ante la buena intención, arrebatándole el arrebato a la tan necesaria conciliación.

Es mirarme entre baldosas flojas, convenciéndome de todo lo contrario a la estabilidad, porque el mundo así me ajustó, a ver desgracias y a tragar sin aceptar.

Es despertar conmigo misma, con la ternura recurrente, los cuestionamientos precipitados y los espasmos de épocas de un yo intransigente.

Es como discutir conmigo misma, con la guardia siempre firme, cual atalaya, cual nodriza, resguardando el no sé qué de mi no sé donde, por mi no sé cuál para mi no sé por qué.

Es como abrirle una brecha al destino, una trinchera compartida en la cuál el campo de batalla no es la salvación ni la solución, en la cuál nada es más relevante que dar el golpe más bajo y desolador.

Es también como leerme a mí misma, con atención y una inocencia casi inexplicable, como si todo se detuviera en un momento, como si el reloj no fuera más que eso, un medidor inútil de tiempo inalterable.

Es como darme la mano, sintiendo un alivio ante el cansancio, un soporte suplementario que siempre es suficiente y como cuesta sentir tranquilidad en esta contemporánea ambigüedad.

Es  como mirarme a los ojos, siempre buscando una tregua cuando ya no se da abasto entre tinieblas.

Es como entenderme, casi siempre devaluado y consecuente. Y se aceptan las culpas, se aceptan los instantes inertes.

Es como amortiguarme, sin amortiguadores ni tridentes, con la dicha desabrochable de viernes a viernes.  

Es casi tan símil como hipérbole, casi tan metáfora como prosopopeya y nadie pierde, solamente se desgasta el onomatopéyico sabor de la madrugada y su dimensión. Y nadie gana y finalmente se acaba la función.

Cuando la impertinencia se manifiesta, ella levanta las reglas tanto como yo y se desatan los actos más corruptos y sin guion, apostándole a la línea más fuerte, olvidando que a veces sonreír es justo y suficiente.