lunes, 27 de abril de 2015

Amén



"Say my name"

De mujer a diosa en un instante.
Insaciable, asfixiante, recurso inagotable.
Palpable, forrada de savia en un instante.
Saboreable, complaciente, inflamable, inexplicable.
A los ojos y no tan despacio.
Que duela. Que se expanda.

Inundada hasta la médula, jadeante hasta lo más profundo de la cuenca.

Soy poeta y animal entre sus piernas.

De mujer a diosa en un instante.
Dueña indiscutible de contracciones prolongadas y embusteras.
Dueña absoluta del sabor, el aroma y la intransigencia.
Inefable, afrodisíaca. Exquisito manantial inaceptable.

De mujer a diosa en un instante.
Su nombre es eterno al gemirlo.
Su espalda es llanura y sus caderas montañas.

Sabe a Dios, aunque dios no me acepte arrodillada y tragándome sus entrañas.
Sabe a Dios, debería ser sacramento y ley.
Debería ser Ave María, penitencia, cántico y quehacer.
Debería ser hostia, agua bendita y sacrificio.

Sin embargo, es mi religión cuando sabe introducirse despacio en mi ser.

Sin embargo, es inmaculada cuando se viene adentro, cuando riega cada rincón para que florezca un pecado capital nuevo.

Sin embargo, es letanía y versículo, es la sangre del cordero fluyendo por mi endurecido cimiento.

Sin embargo, me persigno, me encomiendo, le permito rasgarme la espalda y morderme los silencios.

Amén. 

lunes, 19 de enero de 2015

La milonga del mañana.


Voy a prepararte un porro y una copa de vino. Te espero por la noche en mi piso, vivo tan al sur como la gente dice.

La llave estará bajo la puerta. No me hagás ir al aeropuerto por vos, porque no sabré manejar mis pulsaciones, llevo varios días, por no decir que todos desde que cambié mi código postal, riéndote y sufriéndote. No es necesario preguntar, yo también tengo mis verdades.

Mis sábanas están blancas, intactas sin vos, agobiadas sin vos, cubiertas de mí, para vos.

Ya he ido a comprar todo lo que necesitamos para embriagarnos, el postre que te gusta y los ingredientes de tus platillos favoritos. Te he extrañado la vida, aunque la vida no me alcance de lo mucho que te extraño.

He leído muchos libros, en todos te he encontrado sin decirlo. Te verías tan linda leyendo a mi lado en el metro.

No tenés nada que envidiarle a la Maga, a Luz, a Gala, a Avellaneda ni a Sheccid, sos la más intensa inspiración de esta novata, pero a estas alturas, creo que decirlo sobra. (Justo al terminar de escribirlo me suenan las entrañas, la ansiedad de tu llegada me impacienta).

Sé que vas a querer hablar de tu viaje, de la gente en el aeropuerto y de lo mucho que te estorbó compartir tu asiento. Habrá tiempo para todo, sin embargo, te digo sin tapujos que estoy cansada de no quitarte la ropa.

Quiero contarte los huesos y las risas, bajar la luz sin apagarla por completo, para visualizar detenidamente el paso de la oscuridad por tus caderas. Quiero olfatearte despacio y acoplarme en tus muslos, como pieza de rompecabezas.

Podés dejar allá todas las preguntas y las disculpas, no me detuviste, no miré atrás, ya pagamos nuestras culpas. Las derrotas van a desaparecer rápido y tus bragas negras, despacio.

El clima está frío, pero no será necesaria tanta ropa, desde ya es impecable el calor. Te van a encantar los cuadros y los matices de cualquier bandoneón.

Esta carta es solamente la primera bienvenida a tu futuro próximo, esta casa es tuya a partir de este instante. Yo soy tuya desde hace bastante, pero el tiempo es relativo. Venís a vivir, a vivirme. Venís a mi lado para crear constelaciones y atrapar estrellas. Venís y la emoción logra atragantarme.

Buen viaje, te espera el paraíso que soñaste, te espera la mujer adicta al desastre que no pudo olvidarte. Te esperan mis libros, mis letras, mis tazas de café, mis desaires que hoy son Buenos Aires. Te esperan los amaneceres por mi ventana y a mí me esperan las eternas madrugadas sobre tu espalda.

sábado, 20 de diciembre de 2014

Una mujer triste.

"Tristeza de arrabal, sentada en la vereda".

Nunca me he atrevido a interrumpir a una mujer mientras está triste.

Me surge una fascinación inadmisible por mirarles los párpados caídos y la zona del delineado color rojo, de tanto llanto.

Siento la necesidad inexorable por atender sus hambres a destiempo y ese gusto criminal por la pornográfica venganza.

A una mujer triste le brota un aroma a trampa que siempre me invita a resbalarme, a tragarme a bocanadas el instante.

El abrazo peca por ser manjar, por hacerme perder la dignidad.

Conocer a una mujer empapada de luto es un jackpot, una caricia a tiempo, un resurgimiento modesto pero forrado en llamas, un místico y verdadero acontecimiento.

Nunca me he atrevido a quitarles el trago de la mano, ni mucho menos a cuantificarles el estado etílico, me he mal acostumbrado a ser cómplice de los excesos, a ser un pecado de esos fariseos condenados al infierno.

No pretendo ordenar el universo, no me interesa el sentimiento sin sendero, confío plenamente en esos pasadizos agitados y siniestros.

No hay nada más vivo que una mujer triste, porque engaña al tiempo y a la muerte, porque aprende a esperarme con una carcajada y con un viernes. Porque busca reparación a toda costa y no se sienta a lamentarse entre hendijas rotas.

No hay nada más radiante que una mujer triste, su cabello le brilla de ira, hace a las aceras palpitar de tanto pensar y no mira a los lados por aprobación, es la dueña del mundo y no me cambio por nada cuando el mundo soy yo.

No hay nada más peligroso que una mujer triste, porque despierta, porque añora una gran ciudad, porque explota y porque sigue bailando flamencos desnudos y suicidas.

No hay nada más homicida que una mujer triste, porque enamora, porque ya aprendió a despedirse, porque sabe exactamente cuando las cosas caen por la borda.

Porque se convierte en necesidad y a mí, las necesidades me sobran.

martes, 25 de noviembre de 2014

Mokusatsu


Aprendí a disfrazar lo eterno de efímero. Con todo y sombrero. Con un corbatín mal puesto. Con la sonrisa de medio lado. Con los zapatitos desgastados. Con una peculiar forma de evitar la palabra. Y siempre, con un gesto acostumbrado a las miradas.

De pronto, una noche cualquiera, me dediqué a hablar de dios en minúsculas y de vos en mayúsculas. Diminuta fracción de levadura, de vos misma.

Microscópica explosión a quemarropa. Con esas caderas articuladas. Con esas manos forradas en parafina luego de jugar con el fuego de las velas y con tu dictadura tan democrática, siempre altanera y moderna.

¿Podemos ignorar la escalinata?

¿Te has sentido capaz de estrujarme para que no me vaya?

 ¿Cuántas veces me has sentido al borde de morder la manzana?

El exceso de interrogantes daña cualquier gesto circense, cualquier “warning” puede atentar contra los pasos firmes y simpatizantes de la transparencia. A mí no me diseñaron para buscar la tregua en medio de una guerra, sin embargo, vivo en una de ellas, cualquiera.

Sos como esas figuritas que compré en Coyoacán, así de frágil sos. Y me fascinan esas comisuras tuyas tan inflamables. Ah, también la incoherente aberración que te surge por los excesos del diccionario y tus escasas ganas de persuadir un retazo. 

Ya no estoy muy segura de lo que tengo entre las manos, todo se me escabulle por los dedos, los mismos dedos que utilizo para palparte y evitarte. Los mismos que uso, mi vida, para atentar contra el desastre.

Los domingos siguen siendo igual de suicidas, acompañados por los lunes y su plusvalía, pero ya pronto es viernes y vivo de conservar la magia de los sábados, por bipolares, alcohólicos y sensuales, por vivos, por tenaces. Porque los sábados siempre van a tener el valor de refugiarse en domingos de resaca, de intensas jornadas sobre cualquier cama.

Casi nunca me quedo en la misma cama por más de cinco madrugadas. Hablando de camas, ojalá todo fuera vino, literatura y una mujer, en mi cama. Sin omisiones, sin Photoshop, con mi camisa puesta, sin bragas y el porro en la boca, con la intención a cuestas y con esos muslos jadeantes de cortesana francesa. Ojalá todo fuera en forma de nube y con sonido de orgasmo.

Ojalá los medios de comunicación recibieran soñadores, sin horarios, sin plazos estrictos para traducir estrellas, sin esa prisa por convertir en basura una esquela al más allá. Pero el “ojalá” no sirve de nada y gritar “revolución” dicen que es una idea muy descabellada. Por el momento, me mantengo, a mí nadie me planea la madrugada ni el renacimiento, que nadie me venga con recovecos, mejor me vengo.

Mejor te sigo declamado en mayúsculas, mejor me tropiezo con la luna. Mejor sigo disfrazando lo eterno de efímero, así de pronto, algún día, logre ajustarme adecuadamente a ese cuerpo morboso y a veces embustero, sin sentir que me recortan el solsticio. Sin sentir que me ahogo en otra cosa que no sean aromas paralelos. 


miércoles, 15 de octubre de 2014

Del futuro y las entrañas.




Ella se aproximó a mi costado con un café perfectamente endulzado, con esa sonrisa de cúmulo y con la devoción de la edad.

Bastaban dos instantes para colapsar entre regresiones, para pedirle que se fuera, que me dejara sola, que no esperara por mí en ningún rincón, porque a la larga, la rota era yo.

Nunca quise hablarle de mi pierna derecha, ni de los males que me atormentaban desde que mamá decidió establecer brechas.

No quise hablarle de papá, ni de las diez botellas que consumí entre mi cumpleaños y navidad. Tampoco era debido confesarle que la noche de año nuevo la pasé con alguien más, añorando que su perfume primaveral se mezclara con este cítrico invernal que me da seguridad al andar.

Muchas veces la vi de reojo mientras fingía ignorarla, otras tantas me estremecí calculando la distancia que podía recorrer mi lengua desde sus labios hasta sus pantorrillas, hasta acabar infame, de cuclillas, con una sonrisa de esas satisfechas y matutinas.

-“Esto es solamente una prosa”, esa fue mi respuesta cuando ella agradeció mi primera carta de amor, así de simple, como una bofetada en el corazón, sin embargo, su sonrisa no se borró y creció algo a lo que no pretendo buscarle explicación.

Quise introducirle tiempo después el tema de la pierna, apoyándome en una broma que incluía un bastón, pero siempre lo supo, actuó con normalidad y me consultó - “¿Dónde duele hoy?”.  Sentí su caricia, me apoyé en su cadera y besé su hombro, no emití retórica y asumí mis debilidades sin la necesidad de declamar derrotas.

Todo se fue desencadenando, mi escaparate no tuvo cabida en la habitación, mis exaltaciones a la mitad de la noche se convirtieron en rutina, las pesadillas eran una constante. Ella, por su parte, encendía la luz y me besaba la frente. Ya no había nada que esclarecer, ciertos silencios son estridentes.

Muchas veces prefiero que viva asustada con mis partidas, me han dado por sentada muchas veces y no hay nada que sane esta herida. Muchas veces quiero decirle que no quiero otro sitio, que quiero quedarme, pero mi instinto animal cobarde me hace optar por esa incertidumbre que ella experimenta cada vez que azoto las puertas y regreso tarde.

-“Es muy diferente –le repito- tener a alguien entre las sábanas y aferrar a otro alguien en la cama”, pero ella ya me siente tan ambigua que no sabe cuál “alguien” es, yo me quedo callada y nos abastecemos de una respuesta avara, respuesta que siempre recibo con una carcajada insana. Pero se me acomoda entre los brazos y espera la profunda olfateada. Porque sabe ignorarme tan bien como mamá, pero sabe amarme mejor que papá. Mucho mejor.

He llegado al punto en el que mejor ni miento, en el que soy cínica por dignidad y muchas veces por darle mantenimiento a este infierno.

Si me preguntan las razones, no las tengo, pero la tengo a ella y esa bochornosa permanencia que digo odiar con insistencia, me mantiene de pie, me sujeta las riendas, me remoja la experiencia y me hace recordar que debo escupir esta malacrianza tan incierta. 


viernes, 25 de julio de 2014

Clandestino.

Aquella tarde en el Kracovia.
La habitación de iguana en forma de caballito de mar.
Las barras de los bares californianos.
La cama de tonos opacos.
La oscuridad de mi constelación.
La robusta insatisfacción.
El amanecer norteño.
La mesa del 310 en Insurgentes Sur.
Barrio Escalante en llamas.
Gonzalitos empapado en Peñasol.
Una caipirinha con caña de azúcar, directo al corazón.
Las calles de San José a las tres de la mañana.
Los espejos de aquel lugar, donde siempre me sentí insana.
La serpiente, su baño y su balcón.
El hotel donde recordé cómo hacer el amor.  
Aquel restaurante al aire libre, las verduras, la limonada.
El mariachi en Tetihuacan.
Mi cara de mezcal.
Ella con mi camisa puesta.
Los camanances en la parte baja de su espalda.
Lomas del Sol con aroma a ese sudor.
El Karaoke donde nos rompimos y nos reconstruimos el corazón, las dos veces sin razón.
La Calle de la Amargura, el sitio perfecto para romper en llanto.
Los besos frente a cualquier iglesia, mi mirada enfocada en sus caderas.
Mi pequeña Tijuana en media capital.
Mi miedo a la rutina, mi sonrisa retorcida.
La poesía antes de dormir.
La línea telefónica haciéndola temblar.
Mis ojos tristes, irremplazable manjar.
La música de fondo, los orgasmos resonando.
Ingrese en la parte interior de mi pantalón solamente si promete perder el juicio.
Repórtese en la entrada como uno de mis vicios.

martes, 15 de julio de 2014

Sweet October.

Las madrugadas a veces llegan a sentirse como un letal síndrome de abstinencia.

Ella, en el mismo sofá como lluvia de octubre, sin ninguna intención de retórica. Únicamente abastecida por un ron con coca y una pipa cargada de amnesia.

Nunca ha tenido talento con las frases largas ni con las entrevistas, no es poesía ni crónica, no es danza ni matanza. Pero es a la larga, una mirada cruda y pronunciada, como la arruga de su frente, como un romántico verso estridente.

A ella no le gusta la necesidad, ha huido como delincuente y ha regresado como huérfana, pero no sabe hacerlo diferente. Nadie le dijo que hablar del tema era contundente.

Yann Tiersen de fondo, Benedetti bajo escombros y ella llena de excesos incrustada en el insomnio.  Ella, tan decidida, tan libre, tan corrompida.  

Está cansada de dejar la vida en abrazos pero no vive sin ellos, no quiere acostumbrarse a volver la cara, sin embargo, muchas veces hubiera preferido no ver.

Ella vive de octubre, de lo que octubre hace con las letras, de la forma en que inunda los atardeceres, de lo que dice en una mañana lluviosa, de como le agrega edad y como la convierte.

Casi nada la sorprende, se ha despedido de sus “para siempre” y le ha dado un chance a lo que parece distraerle, pero al final del túnel, nada es muy diferente.

Vive esperando que llegue octubre, aferrada a octubre como Penélope. Para ver si acaso, de una vez por todas la fusila, la sentencia o la enamora, para ver si por si acaso aparece algo que la renueve.